21.12.08

24.5.07

Osiris Vallejo

Nació en la República Dominicana y reside en Estados Unidos desde 1990. Ha publicado los libros Saint Domingue, 2044, poemario con el que obtuvo el premio Letras de Ultramar, que otorga la Secretaría de Estado de Cultura (2005), y Cicatriz, una colección de cuentos fantásticos. Ha recibido varios premios literarios por trabajos de ficción, entre ellos el segundo lugar en el concurso internacional de cuentos Casa de Teatro, 2003. Tiene una licenciatura en Ciencias Sociales de City College of New York. Artículos y textos literarios suyos suelen aparecer en periódicos dominicanos y extranjeros.

Vista Infinita desde una Ventana

Todos los días, a las dos en punto de la tarde, se lanza alguien al vacío desde la azotea del edificio de enfrente. La primera vez que lo contemplé fue tal mi asombro que empezó a fallarme la respiración. Me costó gran esfuerzo caminar hasta el teléfono y llamar a la línea de emergencias.
-Corran o será demasiado tarde. Alguien se lanzó de un quinto piso, aún se mueve en tierra. Por favor, vengan.
-Pero…aah…¿por qué se halla usted tan agitado?
-¡Cómo! ¿Le parece poco?
-No se exalte tanto por algo que pasa a diario. Enviaremos a alguien dentro de unas horas para que recoja el cadáver.
-Pero…
-Hasta luego –articuló la voz en forma concluyente, antes de colgar precipitadamente el teléfono.
Me acerqué nuevamente a la ventana. La gente cruzaba indiferente. Nadie se detuvo. Nadie. Cuando llegaron mis tíos les conté lo sucedido. Se rieron a carcajadas. Me dijeron que aquello era un ritual cotidiano. Después se fueron a dormir la siesta. Yo, que había llegado del Sur el día anterior, no entendía nada; y no entender es terrible.

Ahora, diez años más tarde, al contemplar sin asombro el acto infinito, entiendo; cada vez más, entiendo…y eso es más que terrible.
*******************************************************************************
La Mujer del Aposento

Detrás de la puerta entreabierta, observé el perfil delgado de una mujer. La vi empacar unas maletas. Parecía tener prisa, como si le aguardase un viaje inminente.
-¿Quién es ella? –le pregunté a mi hermano Andrés.
-¿Ella? ¿Quién? –respondió interrogativo.
-La mujer detrás de la puerta.
-No hay aquí mujer alguna.
-Pero, acabo de ver una mujer.
-No bromees.
Andrés sonrió. No supe si lo hizo porque escondía cierto secreto y sonreír era la mejor forma de que pasáramos a otro tema o si realmente pensaba que estaba bromeando. Pero, ¿cómo? No. No era posible que él ignorase la presencia de esa mujer. De todos modos, no pensé mucho en ese incidente. Mi hermano siempre fue muy discreto con sus cosas, y yo temí ser inoportuno. Además, nunca fuimos amigos íntimos, tal vez ni siquiera amigos. Creo que ambos abrigamos siempre el mismo sentimiento, la misma reciprocidad incierta: nostalgia si no nos veíamos y casi indiferencia al encontrarnos. Pero, en fin, no le interrogué más sobre aquella mujer. Me alegré de verlo por primera vez en dos años. Terminé mi copa de vino, le di un abrazo y tomé el avión de regreso a Nueva York. Vi a través de la ventanilla, con ojos profundamente tristes, el paisaje de aquella tierra que antes fue esta tierra, y que acaso algún día volverá a serlo. Ya hace un mes que llamó mi hermana Nora para darme la noticia de que Andrés había muerto. Me dijo que lo encontraron bañado en sangre en la vieja casa familiar del sur. Con cierto grado de inquietud me contó que en uno de los aposentos de la casa encontraron una serpiente enorme. Recibí la noticia sin mucho asombro, sin horror alguno, porque de algún modo ya lo intuía. Me senté frente a la mesa del comedor del apartamento y me puse a anotar algunas líneas en mi diario que, con ligeras modificaciones hoy presento como ficción. Justo en ese momento escuché que alguien tocaba a la puerta. Me acerqué al ojo mágico y vi el perfil delgado de una mujer alta y hermosa. Abrí la puerta. La mujer buscaba a un tal Cortés. Le dije que había tocado a la puerta equivocada; que no conocía a ningún Cortés. Aun así, por unos segundos pareció no entender. Me miró de forma extraña por un buen rato y luego se fue sin siquiera disculparse. Me quedé pensando en esa mirada; en ese rostro hermoso, aunque excesivamente maquillado; en ese mar insondable; en la calculada frialdad de esos ojos azules.


********************************************************************************

Fragmentos de Saint Domingue, 2044

IV
Ya no naufragas en el mar como solías,
Sino en pleno centro de tierra enemiga
Que antes tenías por tuya y que llamabas isla
No siendo más que una de dos mitades

V
Insólito hundimiento de tu sombra y tus huesos
En el agujero helado que cavó tu padre
Sin saber que eras tú ese cadáver vivo
Que sigilosamente viene a enterrar el Otro,
El que antes fue extranjero,
Que habitaba tan solo tras el confín del río,
La esquina, el oscuro zaguán impenetrable,
La “versión hiperbólica de Calcuta”.

VI
Cruza por el pantano de lo incierto,
Hoy que la aurora digital que nos erigen
No da a luz más que espejos en la noche –espejismo real-,
En que no te ves tú sino aquel rostro
Que a fuerza de presencia ha desbordado
Los muertos arrecifes, el bosque que es desierto,
El río que no es río…que promete la nada, rotunda, radical, inefable y sin fin.

VII
No en vano está Makandall (o su caricatura) al constante acecho,
No en vano viene el mar desde occidente
A alborotar las rosas que creímos eternas,
A erigir, con paciencia,
Tenaz como la hormiga,
El derrumbe del tiempo y sus rotos espejos,
De estos dos siglos rotos, míticos, imposibles
En que nos creció apenas
“Un ala de murciélago apoyada en la brisa”.

Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2006

Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2006
Osiris Vallejo, Pedro López Adorno, León Félix Batista, Franklin Gutiérrez y Alejandro Arvelo

Firmando Ejemplares de Saint Domingue, 2044

Un libro que pertenece al pasadomañana

Un libro que pertenece al pasadomañana

Barra de vídeo

Loading...

Barra de vídeo

Loading...